Chávez: Una historia de infinita trascendencia

Dr. Tulio Jiménez Rodríguez

Presidente de la Corte Disciplinaria Judical

 

Cuando analizaba con el equipo técnico acerca de la temática de la presente revista, me reservé es- cribir en torno a la desaparición física del Presidente Hugo Rafael Chávez Frías; y pensando y repensando en el enfoque que le daría al artículo, comencé a investigar sobre hechos ocurridos durante la gestión del Presidente, llegando a la conclusión de que con las pasiones que provoca su irreparable pérdida, era preferible recurrir a la memoria para expresar los sentimientos que afloran por la ausencia de un líder que supo proyectarse como un gran estadista, un gran gobernante y, especialmente, como un ser humano excepcional, que amó hasta el infinito a su país y especial- mente al pueblo pobre, siempre olvidado y relegado.

Chávez efectivamente es irremplazable, a él lo vi personalmente en muchas oportunidades en los largos once años como diputado, primero en el antiguo Congreso de la República y durante dos períodos en la Asamblea Nacional; junto a él, a distancia, compartí angustias y en algunas oportunidades dudé que pudiera permanecer en el poder ante tanto acoso, tanta saña y tantos odios que despertaba en quienes lo adversaban, incluido nada más y nada menos que el imperio del norte. Otras veces hasta llegué a discrepar en torno a decisiones que tomaba y muchas veces tuve que terminar dándole la razón.

Nunca olvidaré su regreso al poder después del golpe de abril de 2002; lo que esperábamos quienes de una u otra manera colaborábamos con su gobierno, nos sorprendimos al verlo con el crucifijo en la mano, la madrugada del 14 de abril, pidiendo perdón y llamando a la concordia, cuando creíamos que venía en plan de enfrentar con fuerza a quienes protagonizaron aquel artero golpe de estado. Hoy concluyo que fue acertado y necesario hacerlo así, como fue acertada su posición durante la huelga petrolera y durante la guarimba desatada. En esa época teníamos mayoría en la Asamblea Nacional por la diferencia de apenas un voto y ante tantas dificultades, aquel hombre se erigió por encima de las mis- mas y con valentía e inteligencia supo capear el temporal.

Mucha fue, hasta los últimos días de su vida, su vocación infinita de servidor público dedicado a su pueblo, así como sus muestras de amor por los más pobres. Recuerdo un hecho que narró en la Asamblea Nacional la diputada Nohelí Pocaterra, quien conocía a Chávez desde antes de ser Pre- sidente, dijo que siendo Teniente del Ejército, en una visita que este hizo a la Guajira venezolana, se sorprendió verlo levantar en sus brazos a un niño indígena lleno de mocos y estamparle un beso en la mejilla; y es que Chávez era un hombre auténtico y realmente sensible ante la situación de los marginados sociales. Nadie como él supo entender acer- ca de la necesidad de enfrentar a factores de poder, que en la práctica se impusieron sobre todos los gobernantes que ha- bía tenido este país desde que se desligó de la Gran Colom- bia. Nadie como él supo entender los riesgos que implicaba desafiar al imperio del norte e imponer la soberanía del país sobre todas las cosas, nadie como él fue capaz de apostar hasta con su vida por la necesidad de ser libres de injerencias externas o internas.

Chávez fue además un estadista capaz de proyectar a Venezuela en el mundo y pasar a ser referencia para muchos países de la tierra, lo cual originó que de un país poco conocido en muchas partes del orbe, pasásemos a ser objeto de atención obligada. Ese estadista fue además el reivindicador de las ideas de Simón Bolívar y logró impulsar organizaciones internacionales, que hoy son expresión de la unidad de los pueblos latinoamericanos y del Caribe, así como ejemplo para países de otros continentes. En fin, Chávez fue un estadista en toda la expresión de la palabra y un hombre que supo ejercer el poder con la ponderación y contundencia que se requiere para lograr un lugar en la historia, que perduraría para siempre.

Por eso, la desaparición de Chávez deja este inmenso vacío, difícil de llenar y aliviar, porque personas así nacen con poca frecuencia y se hacen respetar y querer por mucha gente.

Ahora es difícil juzgar con equilibrio a este hombre, pero en él caben aquellas palabras que don José Domingo Choquehuanca, en Pativilca, Perú, le ofrendó al Libertador Simón Bolívar: “Con los años su gloria crecerá como crecen las sombras cuando el sol declina”.